Fue sin lugar a dudas espectacular. Surgieron llamas y luces de Palacio Nacional, que destellaron al ritmo de estruendosa música. Fuegos artificiales al por mayor, como el autor de este espacio jamás había presenciado. Danzantes verticales que formaron inesperadamente la palabra México, un hombre se elevó en sendo vuelo a la par. Canciones, desfiles, voló también Quetzalcóatl sobre el Zócalo, el Ángel de la Independencia, luces, sonido y color en todo su esplendor. Elevaron incluso una representación inexplicable de quién ofrece ser el connotado huertista Benjamín Argumedo, en dimensiones colosales, como su nombre lo indicó. El Coloso, sí, escogieron bien el nombre, fue un festejo colosal.
No hubo grandes obras, ni grandes reflexiones, programas de televisión, eso sí. Hablaron, dijeron, pero sin resultado tangible alguno. Doscientos años resumidos en una gran fiesta, porque lo fue. Efímera también, nada de Sentimientos de la Nación que trasciendan su tiempo; pompa y circunstancia, nada más. Un derroche de nacionalismo superfluo. Porque nadie revisó los postulados del Congreso de Anáhuac. Exaltamos nuestra identidad, pero no nuestro papel en el mundo. Mucho pasado irreflexivo, pocas miras al futuro.
Paulina Rubio tuvo un papel más destacado que Hidalgo. Carmen Salinas pululó en el festejo presidencial, junto con Blue Demon, El Santo, Azcárraga, Chespirito y Jorge Kawaghi. Ahí quienes su miope mercadotecnia mitifica. Un Lozano emocionado se tomó fotografías con cuantos de esos nuevos héroes o representantes nacionales le fue posible. Quienes criticamos el derroche fuimos llamados incluso mezquinos. No hicimos más que criticar el dispendio, la falta de miras; pero eso no es tolerable para quienes solo vieron en el Bicentenario del inicio de la más importante de nuestras revoluciones oportunidad para un espacio en la prensa.
No hubo una revisión de los actuales programas de gobierno a la luz de los ideales de los revolucionarios insurgentes, inspirados en Rosseau, Locke, Montesquieu, Voltaire o Diderot. Preferible contratar a un experto en eventos masivos y cubrir de juegos pirotécnicos la capital del país. Pareciera que Allende o Morelos únicamente pelearon por ese nombre formado tan espectacularmente y no por una visión social y política del país que construyeron a costa de tanta sangre. Celebrar, sí. El propio Morelos propuso que se solemnizara el 16 de septiembre de cada año, pero lo hizo junto con otros tantos postulados de gran calado y profundidad que parecemos haber olvidado.
“Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la independencia y nuestra santa libertad comenzó, pues en ese día fue en el que se abrieron los labios de la Nación para reclamar sus derechos y empuñó la espada para ser oída”, así se inmortalizó ese día, pero pareciera que hay quienes piensan que tan colosal festejo debe mejor servir para cerrar los labios de una Nación que todavía tiene muchos derechos que reclamar.
0 comentarios:
Publicar un comentario